Triple fue la herida que le quedo por impacto de bala. El curso de los acontecimientos se había desviado mezquinamente y el cuerpo que alguna vez fue alma ardiente quedo desparramado sobre tierra árida. Quizás si algún compañero se hubiera cruzado en su camino generosamente, justo en el instante preciso, hubiera ocurrido un encuentro, las manos se hubieran chocado, y proyectado juntas tantos sueños.
Pero aquel mezquino entrometido que acometió con tres balas, no quería saber nada de fundarse en un cigarro y estrechar copas, nunca había sido convidado en los disfrutes sencillos de la vida y por otra parte, la mano que empuño el arma le quemaba tanto que no quedaba otra que aplacar ese calor insoportable. Quemaban las marcas imborrables de tres hechos que le cambiaron la vida: el golpe del padre que recibió en su pecho, su madre bebiendo en los ríos turbios y una sequedad en los labios nunca saciada.
Esa tarde el mezquino andaba perdido, estaba cansado de tanto buscar a su madre en cada mujer que visitaba, esa tarde había visitado a muchas, pero la esperanza estaba menguando, siempre hubo algún rasgo en alguna de ellas que lo calmaba, y sentía entonces el sonido festivo de las copas, multiplicándose en tiempo y espacio, era sublime, una serenidad ansiada. Pero esta vez, ni el tono grueso de la voz de la primera de la serie, ni el cabello plata de la ultima, lograron conmoverlo. Entonces, merodeo y merodeo hasta que la luna no dio mas, y apago la sed de la manera que pudo.

